Salimos de nuestro domicilio en Albalate de Zorita (Guadalajara), cogimos la carretera en dirección a Pastrana y al
poco de cruzar el puente sobre el rÃo Tajo, a la altura de la Central Nuclear, nos desviamos a la derecha, pasamos por Sayatón y algo más adelante nos encontramos con el poblado de Anguix.
Este es un lugar, dentro de una finca particular, con poco más de seis o siete casas, más la que podemos denominar, Casa Señorial, que se encuentra en un estado bastante lamentable, aunque en sus buenos tiempos debió de ser hasta confortable, con unas vistas magnÃficas, sobre los campos cultivados, y al fondo en una loma el Castillo
.
Aparcamos el coche en el poblado y hablamos con uno de los empleados de la finca, un hombre afable que nos dice que si queremos, podemos ir en él hasta el mismo Castillo, pero declinamos su invitación, ya que el camino, según podemos apreciar desde allÃ, ha sido muy transitado por tractores y tiene unas roderas bastante profundas.
Inmediatamente se nos acercan dos perros de la finca, que hacen muy buenas migas con mi hija, y a los que bautizamos con los nombres de Rogelio y Casimiro, sin querer con esto ofender a nadie.
Rogelio, un perro grande, pastor alemán, muy simpático, luce en su lomo una enorme cicatriz, recuerdo de un desagradable encuentro con un JabalÃ, de los que por aquà abundan, y de una cura y cosido bastante artesanal.
Y Casimiro, un perro más pequeño y juguetón con muchas lanas que le tapan los ojos, de aquà su nombre.
Ambos se apuntan con nosotros a la excursión al Castillo, y empiezan a andar delante, indicándonos el camino, incluso nos esperan en las encrucijadas.
El paseo es de lo más agradable, serpenteando entre campos cultivados, olivos centenarios, enormes encinas, almendros y al fondo en lo alto de una impresionante loma, el imponente Castillo.
El recorrido desde el poblado puede ser de aproximadamente dos kilómetros, por el camino, pero decidimos salirnos de él, y seguir campo a través, subiendo por una ladera con una gran pendiente, fabulando que somos las tropas cristianas que asedian la fortaleza árabe, y dándonos cuenta de las tremendas penalidades que debieron pasar estas, en un hipotético ataque.
Después de una fatigosa marcha, conseguimos llegar hasta el pié de la Fortaleza, empapados en sudor, pero por supuesto que merece la pena
.
Las vistas son maravillosas, desde lo alto se divisan los meandros que va dibujando el rÃo Tajo, deslizándose sinuoso por un estrecho cañón, con sus aguas color verde esmeralda, y tranquilas, ya que poco más abajo las sujeta la presa de Bolarque.
El Castillo se encuentra prácticamente en ruinas, aunque todavÃa luce unas fuertes y altas murallas asà como la espléndida torre del homenaje, donde aún quedan algunos ventanales, por los que asomarse a un paisaje francamente extraordinario.
El recorrido hay que realizarlo con sumo cuidado, ya que parte de sus murallas están derruidas, y por su cara este, el precipicio hasta el rÃo es prácticamente vertical.
También existen diversos agujeros, sobre todo uno, que según mi hija, debió ser la mazmorra frÃa donde se encerraba a los cautivos, producto de las constantes razzias que se realizaban en territorio enemigo, para después ser canjeados por enormes tesoros.
A la vuelta hasta el coche, nos desviamos del camino a la izquierda, siguiendo a nuestros amigos los perros, por un sendero que nos llevo hasta una pequeña calita que hacÃa el rÃo. Un lugar con un aire bucólico y evocador, donde Rogelio se dio un ruidoso baño, para disgusto de un pescador que allà se encontraba y con quien estuvimos charlando un rato, disfrutando de la sensación de paz y tranquilidad que emanaba del ambiente.
Autor: Alberto Castañares Peña